La cena más esperada

No era la primera vez que sacaba los ingredientes; ahora expuestos sobre la barra de la cocina; era una tarde lluviosa; y sobre la barra reposaban, en cantidades específicas; harina, aceite, levadura, agua ligeramente tibia, sal, azúcar, queso rallado, salsa de tomate y aparte, en un plato extendido verde, unas rodajas de jitomate, hojas de albahaca fresca; y además de ésto algunos ingredientes especiales, los favoritos de cada uno de sus amores; jamón, piña y claro, ajo.

Había pasado una semana terrible; la vida de la familia estaba apunto de dar un giro inesperado o quizá ya muy esperado pero que a todas luces ella intentaba evitar. Hacía días que habían discutido el tema, él no pretendía seguir en esa lucha interminable que ella libraba cada mañana al despertar y ver su lado de la cama vacía. Eran una familia algo rota desde hacía más de un año y sólo los unía un hijo y las paredes que limitaban la vivienda, rara vez las de la habitación.

Todo su empeño estaba dirigido a él, a demostrar lo que ella sentía y nunca había dejado de sentir en todo ese tiempo que habían vivido juntos, era su última oportunidad. Ese fin de semana él había hablado de sus planes, de los próximos 15 o 20 años de su vida y ahí no estaba ella; estaba otra persona que recién había conocido y en pablaras de él, “le había descongelado el corazón”; ese corazón que antes creyó erróneamente amarla a ella, y en cambio ahora estaba seguro de sentir ese calor tan tibio y dulce que se siente al amar, de verdad, a alguien. Ese calor que ella siempre sentía al verlo desde que lo conoció, al compartir momentos rutinarios, la comida, por ejemplo, instante que casi siempre pasaban juntos, eran el mejor equipo a la hora de cocinar; era mágico, reían, bailaban, jugaban y al final el resultado era casi glorioso. La combinación de ingredientes y alegría hacían no sólo de su comida algo maravilloso, digno de contar y compartir. Pero hacía muchos días que ni siquiera desayunaban juntos, y la razón ya había sido puesta sobre la mesa…

Sin embargo, ella no se rendía, había tomado la firme decisión de sanar y recuperar todo eso, sabía cuan feliz lo hacía cenar un buen trozo de pizza napolitana, ese sería un buen inicio. Esa mañana mientras su hijo estaba en la escuela y él dormía en otra habitación, salió a comprar cada uno de los ingredientes; lo hizo con el mayor cuidado y dedicación porque quería que fuera la mejor que hubiera preparado en su vida, digna de recordarse. Al volver, él ya no estaba. Se dispuso en sus labores domesticas y poner la casa aún más linda y acogedora para que al volver notara la belleza y calidez del hogar.

Empezaba a oscurecer, la masa ya estaba en su punto ideal, su hijo estaba emocionado al ver los ingredientes expuestos, era muy pequeño, pero sabía que le esperaba su cena favorita. Desplegó la masa y la colocó sobre una malla metálica; el horno ya estaba caliente y aguardaba impaciente, puso la salsa y el queso, después colocó sobre la mitad del círculo; jitomate y sobre él láminas finas de ajo fresco y las hojas de albaca, en el resto puso jamón y piña, para su hijo, quien brincaba cada vez más emocionado, una vez llena de color y sabor, puso un poco más de queso sobre los ingredientes extendidos y la metió a hornear.

La tormenta seguía y casi era la hora en que él debía llegar. Tomó sus llaves y abrió el portón para que al llegar no tuviera que bajarse del auto y así no se mojara. Eran las 10:08 pm cuando llegó, abrazó y besó a su hijo, quien le informó de la cena que ya estaba esperándolo sobre la mesa, lo bajó y puso en su silla de bebé, le dio un trozo de la aclamada pizza, volteó para con ella, la miró más hermosa que nunca y le dijo de manera casi inaudible, “ya no te esfuerces más, no te lastimes, me voy mañana”.

María del Carmen Ortíz Torres